En este
relato, César Dávila Andrade nos cuenta una historia sobre un pequeño pueblo
donde se celebraba una fiesta en honor a un santo. En aquella fiesta había una
tradición en la cual se enterraba un gallo vivo, amarrado las patas y envuelto
en un trapo de colores, dejando solo la cabeza afuera, una persona se vendaba
los ojos e intentaba pegar al gallo hasta que muriera el indefenso animal. Las
personas hacían este inusual ritual en honor a aquel santo.
En una
fiesta religiosa o un ritual en honor a cualquier ser divino no debería existir
el mal, cosa que de cierta manera en los habitantes del pueblo existía,
sacrificando en honor a algún ser sagrada un indefenso animal de la peor forma
posible ya que debían pegarle con un palo hasta el borde de la muerte y
aquellas personas tenían cierta satisfacción al realizar aquello llegando hasta
el punto de reírse o entristecerse cuando el chico erró en el primer golpe. De
cierta forma, César Dávila Andrade trata de explicar cómo ciertas personas
dicen estar muy apegadas a Dios solo por pequeñas acciones que realizan en la
Iglesia o cerca de un sacerdote, pero terminan teniendo acciones deplorables
sin darse cuenta o estando totalmente consiente de aquello. Todo esto se puede
ver en este relato cuando un muchacho aparece a avisar que la iglesia se estaba
quemando y todos corren hacia ese lugar sagrado a tratar de hacer algo por
salvarlo, preocupándose por la casa de Dios, pero hace varios segundos habían
estado sacrificando a un indefenso animal.
En el final
del relato, Dávila nos cuenta sobre como el protagonista ayuda a sacar al indefenso gallo del hoyo, y el mismo hombre es
uno de los primeros en entrar a la Iglesia y ver como el Patrón de la fiesta
casi no había sido alcanzado por las llamas, pero en su mirada inerte había
cierto parecido al gallo que había estado a punto de morir aquella tarde. Antes
de eso, las personas pedían un milagro para que no se quemara la iglesia, pero
lo que ellos no sabían era que la iglesia quemada era un milagro, un pequeño
milagro que había ocurrido para que el indefenso gallo se salvara y que además
para que ellos no se convirtieran en más pecadores de lo que ya eran. Sin duda
aquel Santo no había querido que se cometiera una injusticia en su nombre.
Escrito por Genesis Menoscal Jones